The best Gift
Sonó el timbre del teléfono. Se asustó. Era ella.- Buenos días dormilón, es hora de levantarse, tienes que venir conmigo, en media hora te paso a recoger – Miró el reloj, eran las 6:00 de la mañana – Vístete, date prisa. Y abrígate que hace frío. - Ella ya estaba vestida. Ya lo tenía todo preparado.
- ¿Pero que ocurre? Son las 6:00 de la mañana. Tiene que haber una buena razón para que me despiertes así – Estaba perplejo. No entendía nada.
- La hay. Confía en mí – contestó carcajeando. Y le colgó.
A regañadientes se vistió, se hizo un café. Nervioso y somnoliento, se preparaba.
A las 6:30 sonó el timbre del portero automático. Contestó preguntado quien era aunque ya sabía perfectamente que era ella.
- ¡¡¡Vamos baja, aprisa!!! –
Bajó a toda prisa mientras pensaba que le volvía loco, en todos los sentidos. Pero ahora le inundaban las ganas de saber porque le había despertado a esas horas.
- Venga, que es tarde, sube al coche. – Subió y la miró como extrañado.
- Has bebido ¿verdad? Estás borracha y por eso te comportas de esta manera tan extraña… Aunque no sé porque me sorprende – suspiró – tú eres así.
- No estoy borracha. - dijo entre carcajadas - dime, a parte de dormir, ¿tienes algo mejor que hacer? No, pues entonces cállate. – y volvió a reír.
Sinceramente él lo pensó. No, no tenía nada mejor que hacer y sin saber porque se calló. Inconscientemente le gustaban aquellos arrebatos que ella tenía porque desbarataba su vida que él se empeñaba en mantener ordenada y monótona. Él era la prudencia, ella la rebeldía. Él era el orden, ella el huracán que le desordenaba. Sin embargo, eran como uña y carne, muy buenos amigos, como hermanos… pero él sentía algo más. En aquellas tardes que pasaban juntos, dejando volar el tiempo y desperdiciando sueños elaborados solamente para esa ocasión, creía intuir en ella algo más que amistad. Pero nunca se atrevió a besarla, y ella nunca dio muestras de querer ser besada. Así vivieron desde que se conocieron en aquel bar, él atontado por el huracán de su belleza y ella con su vida difícil desordenándole entre sentimientos de tristeza y alegría.
Tomaron la autopista camino de la playa. Aún era de noche, él no atinaba a saber a donde iban, ella ilusionada y contenta mantenía la mirada perdida en la carretera.
Desde que la conoció, hacía ya tiempo, no había podido dejar de mirarla, como ahora, su sonrisa le cautivó la primera vez que la vio. Cada vez que la miraba encontraba en ella algo nuevo que le enamoraba. Y haciéndolo ahora sentía que jamás había querido así, con un amor sin límites porque había sido y seguía siendo la luz de su vida. Ella tarareaba como siempre las canciones que juntos habían hecho suyas. De vez en cuando, pícara, le miraba a él de reojo. Inevitablemente le robaba una sonrisa. Siempre lo conseguía, le hacía reír, se había convertido en la ladrona furtiva de su felicidad.
La sorpresa del momento se confundió con el ruido del motor del coche, sus sonrisas y su belleza. Cerró los ojos y como siempre veía los de ella brillantes como dos luceros, y decidió no pensar en nada, dejarse llevar por el secreto que ella escondía tras su ilusión.
Llegaron a Sant Pol, el pueblo que guardaba secretamente una calita de arena blanca y rocas, cómplice de sus horas de descanso y libertad. ¿Qué hacían allí?
Apagó el motor y le miró. Volvió a sonreír y suspiró. Bajó del coche y se dirigió al maletero del cual sacó una bolsa de viaje. La siguió.
Bajaron hasta la arena, cerca de las rocas. A lo lejos, donde la cala se convertía en playa se veía tintineante la luz del farolillo de algún pescador. La fresca brisa que rozaba el agua daba lugar a pequeñas olas que besaban la orilla y rompían tímidas en las rocas dando lugar al silencio del mar. Estaba amaneciendo.
Ella se detuvo en seco y dejó caer la bolsa. El lugar escogido estaba resguardado de la brisa de la mañana por las rocas. Miró de frente al mar, respiró profundamente y se giró hacia él. En su mirada vio brillar extraña la luz de una emoción que jamás había visto en esos ojos tan bellos.
Abrió la bolsa. De ella sacó una manta que colocó sobre la arena.
- Siéntate – le mandó sin dejar de sonreír. Sacó otra manta, mucho más gruesa y la colocó sobre sus hombros. Se sentó junto a él con una cajita negra en sus manos, y abrazados se arroparon con la manta.
- Bueno, ¿me vas a contar qué hacemos aquí? – no podía aguantar más la intriga. Ella se carcajeó.
- Calla, y disfruta. – cerrando los ojos le dijo – Siente el silencio del mar. Déjate llevar por la brisa. Mmmm… ¿Puedes sentirlo? Vamos a esperar al sol dentro de este silencio.
Y así lo hicieron, callados, disfrutaron ese momento que ella había elegido. Él sintió tan profundamente la paz que se desprendía de ese particular silencio que se olvidó de la pregunta que le bailaba en la cabeza desde que le despertó el horrible timbre del teléfono.
De pronto, un suspiro le hizo abrir los ojos y vio que ella le estaba mirando. Los colores del amanecer tintaban ya el cielo de tonos celestes y rosados. El sol empezaba a nacer en el horizonte y ella le sonreía. Se dio cuenta de pronto en ese instante que jamás había estado tan tranquilo y feliz como lo estaba allí, en compañía de la mujer que amaba y rodeado de tanta belleza.
Entonces, la respuesta a su pregunta salió de los labios dulces del amor de su vida:
- ¿Sabes? Acabo de cumplir uno de mis sueños. Y al hacerlo contigo pretendo impregnarme de ti porque ya sé que jamás podré vivir un día sin acordarme de ti y sin echarte de menos. Este instante vivirá por siempre en mi recuerdo, cobijado por los momentos que hemos vivido, acariciado por la calidez de tu amistad y eternamente enamorado del todo el amor me demuestras. Siempre he deseado ver mi amanecer, tú lo sabes. Como también sabes que mi vida se ha sucedido siempre entre sombras, entre fantasmas con cadenas que me ataban al terror de no ver nunca mi sol.
¡Y míralo! ¡Ahí está! Justo despierta la mañana y estoy aquí contigo. El sol que ves allá en el horizonte es sólo un reflejo, es la metáfora, porque hoy junto a ti es mi sol el que nace, es mi amanecer. Es real, tan real como el que puedes contemplar con esos ojos que me tienen robado el corazón. Hoy por fin dentro de mí está amaneciendo como hoy. Eso que ves, esa maravilla, los colores, las nubes, el sol, soy yo. Con todo esto quiero decirte que te quiero, que he estado ciega todo este tiempo perdida en el sufrimiento. Quiero confesarte que te amo, no sé desde cuando, pero sí sé que no voy a esperar más tiempo a decirte que quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Este sol reposará hoy descaradamente en mi firmamento, dará vida con lluvias renovadas a mi tierra seca, sus rayos rozarán cálidamente mis mejillas y éstas se sonrojaran exactamente igual que cuando tú me miras. Y en el aire se respirará un extraño aroma a vida. Hoy amanece en mí y tú estás aquí, como siempre.
Tengo un regalo para ti. Este amanecer, y el mío. Te lo regalo, tuyo es y de nadie más. He pensado en qué te podía ofrecer yo que pudiera compararse al amor que siento por ti y por más que he buscado no hay nada en este mundo que yo pueda comprar, ni nada que yo pueda crear que se iguale a mi amor. Aunque tuviera todo el dinero del mundo, aunque tuviera una barita mágica con la que poder hacer y deshacer a mi antojo. No existe nada tan puro, ni tan sublime, ni tan sincero, ni tan humilde como este amanecer, como mi amanecer. Este es mi regalo que he guardado celosamente tanto tiempo para ti sin saberlo. Este es mi tesoro, esto es lo que soy, esto es simplemente para ti.
Con esto que te entrego deseo de todo corazón que algún día vuelvas a ver allá en lo alto a tu sol, que el aire de la mañana llene tus pulmones de vida y que la cálida luz del día te ilumine para siempre. Y también, ¿cómo no?, que no me olvides nunca, ni este momento ni a mí, pues es lo más valioso que tengo, es lo más grande e importante de mí que jamás voy a poder entregarte.
¿Por qué lo hago? Aún no hay nada cierto entre nosotros, lo sé. ¿Por qué a ti? ¿Por qué hoy? Bien, aunque nunca estemos juntos, puede que entre otros brazos solloce o tiemble de emoción, incluso otros labios bese, y mi corazón quiera a otro, jamás, y repito, jamás, de eso estoy segura, nadie en este mundo podrá darme lo que tú me has dado. Eso que sin saber me has ido entregando día a día es ya para siempre, es algo único, eterno e irremplazable. Has sido tú mi luz, tú me has demostrado que el amor existe, que no estoy loca, que la pasión es posible, que soñar no es malo, me has despertado de un letargo lleno de realidad que alguien me impuso un día. He descubierto contigo que el amor no tiene cadenas, ni edad, ni distancia. Que es imprevisible. Simplemente tú, conocerte, saber que existes, que sientes, que respiras. Tú. Por eso te entrego este instante, porque también es único, eterno e irremplazable.
Gracias por existir. Ya con eso, me has devuelto la vida.
Fue en ese momento cuando ella abrió la cajita negra y le entregó un colgante de oro, un sol redondo y desafiante ondeando sus rayos vigorosos. Y fue en ese momento cuando se dio cuenta que él lloraba, no podía creer lo que oía, no podía dar crédito a que las palabras que siempre había soñado escuchar se hicieran realidad y lloró también. Se dedicaron la más dulce de las miradas, se acercaron despacio como temerosos de que si lo hicieran con lo pasión que sentían se fuera a romper el momento. Sus labios se rozaron, la primera vez que se besaban, sellando esa confesión que le dejó totalmente prendado. Ella descubrió el sabor del amor contenido de la persona que siempre había estado a su lado; él descubrió la más pura y deliciosa entrega de la mujer que nunca creyó que fuera a besar nunca. Se miraron sorprendidos y rieron como dos adolescentes tiernamente avergonzados.
- Como sé que eres un despistado, aunque no lo parezca, me aseguro con este colgante que este momento permanecerá contigo, aquí, junto a tu corazón. – y se lo entregó con manos temblorosas.
- Con tu sueño cumplido, mi amor, acabas de cumplir el mío pues te he querido siempre, desde la primera vez que te vi. – le confesó por fin acogiendo entre sus manos aquel colgante símbolo de su amor.
Se volvieron a besar. Otro de tantos que se regalarían en esa mañana. Al cobijo de la manta se amaron. Descubrieron que sus cuerpos se entendían a la perfección como un rompecabezas que jamás había sido terminado hasta ese instante. Notaron como sus besos eran el complemento de sus bocas, sus lenguas saborearon la pasión, sus manos se perdieron en sus cuerpos. Era todo una mezcla de ternura, sorpresa, amor, deseo, placer; borrachos de todo ello sintieron como el silencio del mar se acompasaba con sus gemidos. Les envolvió una marea que para ellos hasta entonces fue inalcanzable. Se dieron cuenta con la primera entrega que bailaban al son de una misma melodía, que eran las mismas partituras de siempre, partituras de las cuales antes no habían podido reconocer una melodía afín a sus corazones. Sus almas gozaban de la dicha que provocaban las palabras susurradas otras tantas veces… pero ahora era todo distinto, era profundo.
No estaban haciendo el amor, estaban besándose mutuamente sus almas, sus corazones, se estaban dando exactamente lo que necesitaban, se estaban amando.
Ella entrelazada a él, sentía que por fin se deshacía porque la estaba amando; él dentro de ella se derretía porque jamás había sentido la belleza de la ternura. Se habían olvidado de todo, como en aquellas tardes.
El sol guardaría en su historia ese momento de amor y pasión por toda la eternidad; había sido junto al mar, confidente del comienzo de nueva vida como quizá otras tantas que guardaban en los rincones más profundos de su existencia.
El colgante reposaba en su pecho feliz. Y así, tarareando juntos sus canciones volvían a casa, cada uno pensado en qué les depararía el futuro a partir de ahora.
No cogieron la autopista, fueron tranquilamente por la carretera de la costa, querían alargar el momento teniendo el mar cerca, en el camino.
Aún envueltos de la magia de esa mañana se miraron un instante, se sonrieron una vez más y al volver la vista a la carretera vieron como el coche que venía en sentido contrario se desplazaba deprisa a su carril. Ella reaccionó pisando fuerte el freno mientras el otro coche se abalanzaba sobre ellos inminente. A ella le pasó ante sus ojos como una película todo lo ocurrido esa mañana. Él agarró con fuerza el colgante y la miró asustado. Las ruedas chirriaban en el asfalto. Chocaron de frente. El conductor del otro coche no llevaba puesto el cinturón y salió desprendido contra la luna delantera de su coche rompiéndola en mil pedazos y quedando parte de su cuerpo sobre el volante, frente a ella. Otro coche que venía detrás de ellos también chocó provocando un accidente en cadena.
Un momento que despertó, la miró, sólo podía abrir un ojo, el otro no, no sabía porque. Ella yacía en su asiento con cristales incrustados por todo el cuerpo ensangrentado, especialmente uno grande clavado en su garganta. Oía gritos, ruidos de sirenas, y ella no respiraba, su pecho no se movía. Todo el dolor que sentía se desvaneció al ver que la había perdido, ahora que la tenía, la vida se la arrebató. Lentamente asió su mano todavía caliente. Pronunció su nombre. Se desmayó.
Amanece. Sentado en las rocas acaricia el colgante. Desde entonces, no hay un solo día que no le encuentre el sol recordándola, no hay lágrima suya que no tenga el reflejo de su mirada, no hay silencio alguno que no le traiga el susurro del silencio del mar y de su sonrisa.
Mira al horizonte, aprieta en su mano el colgante y le dice:
- El mejor regalo has sido tú.
shutdown -h now


2 Comments:
me recordó.."eternal sunshine of the spottles mind"..
y por cierto.. créo que me confundes con alguien, quizá con mi tocaya Cloé a secas..
saludos de cualquier modo :)
wow!!! lo escribiste tu
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